18/08/2012

Cultura, vatayones y femicidio, por Patricia Gordon

Un análisis sobre el lugar que ocupan los batallones de mujeres sin V y sin Y que pelean contra la violencia de género ante la sin respuesta de tamaña decisión. Ellas sueñan con batallones de humanismo, de justicia, de ternura y de políticas públicas en las que los cuerpos de las mujeres quemadas no sean Nunca Más violentados por la naturalización de las violencias.


Por Patricia Gordon, psicóloga y miembro de la Alameda Mar del Plata

La reinserción social de quienes, habiendo cometido un delito, deciden modificar algo de aquellas conductas que hicieron posible la trasgresión, no es un tema menor. Tampoco imposible.
Desde diversos enfoques de la salud mental, porque de eso a grandes rasgos se trata, contamos con muchas experiencias que profesionales de la salud y de otras disciplinas han ido construyendo para la reinserción, eso es: insertarse después en nuestra sociedad.

No son las cárceles ni la pérdida de la libertad los mejores instrumentos para la transformación cuando un sujeto decide cambiar porque lo desea.

También es cierto que el sostén que vehiculiza el cambio requiere de una decisión que compromete la subjetividad de quien, en primera instancia, logre el reconocimiento de sus acciones y, desde ese punto de partida, se construyan paso a paso otras categorías para establecer el lazo social.

En una experiencia que ha dejado una sentencia sin precedentes, se decidió otorgarle a una joven de 28 años de la ciudad de Mar del Plata, la pena de 9 años en juicio abreviado, con prisión domiciliaria, por haber asesinado a su “padre” quien abusaba de ella desde los 4 hasta los 12 años, considerándose así la importancia de la reinserción social de la víctima/victimaria. Así, se apeló a la necesidad de la mujer y su pequeña hija de sostener y no interrumpir el vínculo.

De todas formas, las “salidas” de su casa para concurrir al médico, acompañar a su hija a actos escolares, estudiar o trabajar, generalmente deben transitar por un extenso tiempo en el que trámites burocráticos y decisiones judiciales se demoran más de lo que se espera.

La reinserción parece no ser siempre un camino fácil, aún cuando existan sobrados motivos para que el lazo social y cultural esté presente como eslabón de una cadena que, de romperse, daría lugar en muchas ocasiones a la reiteración de los delitos bajo un profundo aislamiento.

Ahora bien, cuando asistimos a decisiones apresuradas que, por otra parte, no pueden sostenerse en argumentos sólidos, tal como lo demuestran las justificaciones para avalar la participación del femicida Eduardo Vázquez (quien roció a su pareja con alcohol y la prendió fuego y que, por ese hecho gravísimo, tiene una condena de 18 años de prisión) nos preguntamos si acaso las reinserciones no deberían ser un asunto serio.

Y si las declaraciones públicas de la primera mandataria acerca de tamaña decisión, reducen la magnitud del problema a lo que fue justificado como “salidas culturales”, en medio de un acto partidario en el que política y cultura aparecen como explicaciones que intentan enseñarnos la relación entre los términos desde un burdo reduccionismo, el problema es mayor aún.

El femicidio es político y desde aquella frase que abriera las puertas de un giro en cuanto a la concepción de lo personal como hecho que atraviesa todos los estamentos de nuestra sociedad, seguimos afirmando: lo personal es político.

La violencia del femicidio, las salidas del asesino y finalmente, el guiño cómplice en connivencia con la crueldad, nos posicionan una vez más en la necesidad de denunciar semejantes actos.

La responsabilidad ante los hechos, la implicancia subjetiva, el arrepentimiento, la muestra de actitudes compatibles con el deseo de estar inmerso en una cultura que se rige por normas, son acaso una de las tantas instancias por las que alguien que se ha salido de una cultura humanitaria, logre retornar, con la mejor de las suertes, si hubiere tratamiento posible.

Thomas Mann sintetizó maravillosamente la paradoja del deseo mortífero y su prohibición en Moisés, al afirmar que su personaje, luego de haber dado muerte en su juventud a un egipcio en un ataque de ira –aun cuando su furor estuviera determinado por el deseo de hacer justicia ante la crueldad del otro–: “Supo que si matar era hermoso, haber matado era terrible, y por eso matar debía estar prohibido”.[1]

Y llegamos al tema del Poder como un analizador que nos anima a pensar que aquello que se nos muestra como “permisividad” no es otra cosa que una de las tantas caras de un sistema que aún, y en una seria contradicción con el discurso imperante en materia de Derechos Humanos, es complaciente con la desmentida que supone reconocer un hecho y negarlo en el mismo acto. Mecanismo perverso por excelencia presente no solo en los individuos, sino también en las sociedades.

¿Qué nos cabe decir a los batallones de mujeres sin V y sin Y qué luchamos contra la violencia de género ante la sin respuesta de tamaña decisión?

¿Cuál es la Ley que nos rige ante actos que colocan a sus autores en el borde de nuestra cultura?

Mientras, los familiares de Wanda Taddei observan espantados la impunidad que ostenta el femicida.

Y quienes apostamos a que el delito del femicidio sea de una vez por todas tomado como una de las tantas manifestaciones de la violencia de género en nuestro país y por ende, que haya castigo a los culpables y reparación para las víctimas, soñamos con Batallones de humanismo, de justicia, de ternura y de políticas públicas en las que los cuerpos de las mujeres quemadas no sean Nunca Más violentados por la naturalización de las violencias.

El cuerpo quemado de Wanda es el de las más de 600 mujeres desaparecidas en esta democracia, el de las que son violentadas en sus hogares, el de las niñas y niños abusados/as, el de las jóvenes que, víctimas de la trata, continúan siendo explotadas. Y a la vez, es el cuerpo de los deseos, de las libertades, de la lucha que no se abandona.

Mientras tanto, la joven violada desde pequeña por su progenitor biológico ensaya en su cabeza como será hamacar a su hija en una plaza, aunque ella ya sea una adolescente mientras cumple su condena, ansía salidas para poder trabajar y estudiar, imagina olores y colores distintos por las calles de Mar del Plata. Sabe que ha matado para ponerle fin a un sufrimiento insoportable y se arrepiente de haberlo hecho, piensa que quiere saber de esa vida y de ese futuro que están afuera…y Wanda jamás podrá hacerlo.

Vázquez sale por la puerta principal de un poder que, a decir de Silvia Bleichmar, siempre es impiadoso con la moral.

(1)¿Es el poder impiadoso con la moral? Por Silvia Bleichmar. Revista Imago Agenda

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