05/09/2012

Los medios alternativos debaten su norte y perspectivas, Fernando Tebele

En Mendoza trescientas personas involucradas en medios de comunicación alternativos y populares debatieron sobre su identidad y perspectivas. Advirtieron que la nueva ley de medios los tiene en un limbo jurídico y reafirmaron por qué siguen siendo la otra mirada en el campo popular a la que ofrecen los medios tradicionales sean del oficialismo o la oposición.


Por Fernando Tebele integrante de La Retaguardia (www.laretaguardia.com.ar)

El Departamento Guaymallén, en la Ciudad de Mendoza, fue la sede del 9º Encuentro de la Comunicación comunitaria, alternativa y popular. El evento, convocado por la Red Nacional de Medios Alternativos (RNMA), reunió a más de 300 personas de todo el país, entre integrantes de proyectos de comunicación en todos sus formatos (radios, tv, gráfica e internet), estudiantes y activistas de organizaciones sociales.

El encuentro sirvió para intercambiar experiencias. Tuvo, como ya es costumbre, espacios de formación, pero también sirvió para profundizar algunos debates y perpectivas en una época muy particular y compleja para nuestros medios. A algunos de esos debates queremos referir en estas líneas.

Los medios alternativos, comunitarios y populares estamos en un momento especial, con miradas sobre nuestro trabajo que se multiplican por varios motivos.

Por un lado, mucha gente que siempre nos miró con desdén o directamente no sabía de nuestra existencia, posan sus ojos sobre nosotros con un poco más de calidez, casi que los enternecemos.
Podría decirse que el estereotipo del que hablamos es el de alguien que siempre se informó con los medios tradicionales. Que solía deslizar críticas hacia esos medios. Que en general estaba disconforme, pero no tenía la inquietud de salir a buscar las noticias a otra parte. Ese estereotipo también responde a otra clave: para él, las cosas que se hacen en nuestros medios son estéticamente flojas.

No todo lo que piensa quién piensa así es su culpa. Nosotros también creemos que, durante mucho tiempo, nos preocupamos más por el qué decir que por el cómo decirlo. Entonces tuvimos buen material, interesante, pero muchas veces intragable por la manera en que lo presentamos. Esa concepción la hemos ido modificando desde hace un tiempo, consiguiendo ya no sólo informar, sino además, hacerlo de una manera aceptable, muchas veces incluso introduciendo recursos técnicos y estéticos que los medios tradicionales no utilizan. Y en muchos casos ese crecimiento se dio a la par de la aparición de los propios actores contando sus noticias en sus propios medios y haciéndolo con una manera diferente al de los profesionales de la comunicación, pero con un nivel que no tiene nada que envidiarles y con el valor extra que otorga que la noticia esté contada en primera persona, lo que le da una singularidad irrepetible.

La persona que responde al estereotipo anterior, hoy, aunque sea cada tanto, se puede permitir pegarse una vuelta por alguno de nuestros medios buscando noticias.

Por otro lado, está aquel que maneja un nivel de información medio -es decir, que con periodicidad lee diarios, mira noticieros, siempre tradicionales, claro-, con una visión progresista en general, que cree que la Ley de Medios nos soluciona todos los problemas, reconociendo nuestros derechos. Lejos está esa gente de saber que, como lo remarcó la RNMA durante el proceso previo a la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, no estamos comprendidos en ella. Más bien estamos peleando todos los días para ganarnos los derechos que debieron haber sido consagrados por esa ley. Seguramente, el 8 de diciembre, si comienza la desinversión de los grandes grupos (los nuevos y los viejos) que concentran la comunicación, entre los festejos, a pocos les interesará saber que nosotros seguiremos en la nebulosa jurídica, peleando cada día por sostener a nuestros medios, con el Estado ocupado en los únicos actores que le importan (al menos hasta el momento): los medios tradicionales.
También están los que recién ahora nos echan un ojo y, cuando nos reconocen, deciden, en el mejor de los casos, volver a ignorarnos porque no entramos en su sistema binario.

Y están los medios tradicionales, o incluso muchos colegas, que, también por diversas razones, hoy introducen temas de nuestras agendas sin citarnos como fuente, salvo mínimas excepciones.
Todos ellos, de alguna u otra manera, más o menos, hoy saben que existimos.

¿Y NOSOTROS QUE?

Nuestros medios fueron construyendo su identidad por oposición a aquellos: no queríamos ser como ellos, por lo tanto eso generó que tomáramos las noticias que para ellos no tenían importancia o no les convenía reflejar. Ahora, con la instalación del modelo binario: medios del gobierno/medios de la opo, el panorama ha cambiado en algún sentido. Antes, todos los medios tradicionales tenían una agenda, en general, bastante compartida. Luego podía venir Página 12 y tomaba DDHH y rompía un poco con ese esquema, pero no demasiado, al menos en cuanto a la elección de los temas. Tras el agite de 2001 y con el proceso de reconstrucción político-partidaria que propone el kirchnerismo, se producen dos hechos políticos importantes que mueven el tablero de los medios: la pelea por la 125 en 2008 y, fundamentalmente, la derrota con Néstor Kirchner como candidato principal en las legislativas de 2009. Rota su alianza con el Grupo Clarín, el kirchnerismo decide apostar a la construcción de un sector de medios (tanto públicos como privados) que respondiera directamente a sus intereses políticos: firmes espadas para sostener el proyecto gubernamental desde la palabra; algunas de esas espadas se desafilaron defendiendo antes otros proyectos, pero esa es otra historia.

En esa construcción nos encontramos con algunas “novedades”: el “periodismo militante”, que, lejos de ser algo nuevo, toma elementos de nuestra identidad como medios alternativos, comunitarios y populares: nosotros decidimos hace tiempo no llamarnos “objetivos”, como se solía enseñar en los ámbitos académicos, sino que dejamos en evidencia desde dónde hablamos. Vale aclarar aquí que tampoco nosotros inventamos el activismo desde el periodismo. No nos arrogamos ese hecho. Pero tampoco nos quedamos en contar explícitamente desde donde hablamos, sino que también participamos de los procesos sociales que contamos. Tomando un ejemplo reciente, cuando se dio el bloqueo selectivo en Cerro Negro, Catamarca, en lucha contra la megaminería, la RNMA no sólo se encargó de contar un hecho ninguneado por la prensa tradicional; también participamos estando en el lugar, compartiendo con los asambleístas, registrando el hecho como los medios tradicionales, si hubieran querido, no hubieran podido hacerlo. Porque las asambleas nos conocen, saben quiénes somos: impulsamos esos procesos y estamos ahí para participar a la par de ellos. No somos su 6-7-8. Porque, se imaginarán, Barone, Cabito o Barragán no se meten en los procesos que muestran.

Eso nos sigue distinguiendo. Y nuestra construcción, dinámica, se enfrenta a nuevos desafíos como el plantearnos si queremos ser masivos o no; y, en tal caso, cómo lograr el objetivo de la masividad. Mientras discutimos esa y otras cuestiones, lo que sí tenemos claro, es que no vamos a entrar en la una lógica que no nos pertenece ni nos identifica.

Clarín y 6-7-8, pero también La Nación o Página 12, comparten una misma lógica aunque defiendan intereses en pugna.

Nosotros no queremos ser como ellos. Queremos ser como nosotros. Y si podemos hablar de nosotros, es porque algo ya hemos construido.

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