03/10/2012

La democracia psicológica, por Carlos March


Una descripción de los principios que deben dirigir una democracia y las nuevas herramientas tecnológicas de comunicación que sirven para construir discursos hegemónicos. La dominación cultural como eje para acumular poder.

* por Carlos March, ex director ejecutivo de Poder Ciudadano.

La democracia, según la define el filósofo colombiano Bernardo Toro, no se limita a un sistema de gobierno y mucho menos a una forma de elegir representantes. La democracia de acuerdo a Toro, es una cosmovisión que organiza a la sociedad. Esta organización se basa en una institucionalidad que, en base a instituciones y normas, permite sostener en el tiempo la solución a los problemas y dilemas que plantea la sociedad. Esta solución debe darse en un marco ético que garantice la dignidad humana para todos y ello se logra a partir de la generación de bienes públicos, es decir, aquellos bienes y servicios a los cuales todos pueden acceder en igual cantidad y calidad.

La democracia como sistema se construye a partir de los siguientes principios: Principio de secularidad: La democracia es un invento de la sociedad y no una situación dada de manera natural u ocasionada por influencias ajenas a la voluntad de las personas que lo asumen. “Una sociedad democrática acepta que su orden social es construido entre todos; percibe a sus ciudadanos como fuente y como creadores de ese orden; tiene conciencia de que los ciudadanos pueden modificar el orden social y convierte los problemas en oportunidades, a través del debate y la deliberación pública entre los ciudadanos".[1]

Principio de autofundación: La democracia es una decisión de las personas. “La democracia es un orden autofundado: son las mismas personas que conforman la sociedad quienes deciden el orden que aceptan para vivir y quienes lo transforman cuando lo consideran conveniente. Por eso la democracia requiere de la participación de todos los miembros de la sociedad. Una sociedad empieza a ser libre y autónoma cuando ella misma es responsable de haberse dado el orden social y político que quiere vivir, cumplir y proteger para la dignidad de todos”[2].

Principio de incertidumbre: “La democracia es una construcción cotidiana. Como forma de ver, interpretar y ordenar el mundo, la democracia es una cosmovisión. Las cosmovisiones tienen la particularidad de que conservándolo todo, lo ordenan todo de otra manera. Es posible aprender de la experiencia de otras sociedades, pero a cada sociedad le corresponde construir su propio orden democrático a partir de su historia, de su conocimiento, de su tradición y de su memoria; a partir de lo que es, de lo que tiene y de la manera como es capaz de proyectarse. Puesto que nadie sabe cómo es el orden social perfecto, ni la familia perfecta, ni la institucionalidad perfecta, es necesario trabajar todos los días en su construcción: en esto consiste el principio de incertidumbre”[3].

Principio ético: “La democracia es el proyecto de la dignidad humana. El Proyecto de Humanidad contenido en la promulgación de la “DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS” el 10 de diciembre de 1948, constituye el norte ético del Proyecto Democrático. Un orden social se autofunda democrático si contribuye a hacer posibles, para todos, los derechos humanos y la vida, es decir, si se compromete con la Dignidad Humana”[4].

Principio de Complejidad: “La democracia es incluyente de todos los intereses. Para la democracia, la paz no es la ausencia de conflictos; la paz es el resultado de una sociedad que es capaz de aceptar reglas para dirimir el conflicto sin el eliminar al otro (ni física, ni sociológica, ni psicológicamente), porque en la democracia no existen los enemigos, existen los opositores: personas que piensan distinto, quieren distinto, tienen intereses distintos que pueden colisionar con los míos, pero con las cuales puedo concertar futuros comunes. Uno de los instrumentos más poderosos que tiene la democracia para hacer del conflicto una oportunidad positiva, es la deliberación”[5].

Principio de lo público: “La democracia es para todos. Para la democracia lo público es aquello que conviene a todos, de la misma manera, para su dignidad. En democracia, lo público se construye desde la sociedad civil. Por tanto, lo público es más amplio y rebasa ampliamente lo estatal, sin que esto signifique desconocer que las instituciones públicas por excelencia deben ser el Estado y las Leyes, precisamente porque la fortaleza de lo público proviene de su capacidad de sintetizar y representar los intereses, contradictorios o no, de todos los sectores de la sociedad”[6].

Estos principios sobre los que se basa el sistema democrático, necesita de gobiernos y representantes sólidamente legitimados. Hay tres esferas de legitimidad democrática de las instancias de gobierno: la legitimidad de origen, de toma de decisiones y de gestión. La legitimidad de origen de un gobierno está dada por los procesos electorales que consagran a los representantes elegidos mediante elecciones libres y universales. La legitimidad en la toma de decisiones se centra en la gobernabilidad, es decir, la capacidad de un gobierno de convertir en decisiones los reclamos de la sociedad. Y la legitimidad de gestión se basa en la gobernanza, reflejada en la calidad del diseño y ejecución de las políticas públicas.

La democracia psi (psicológica)

La democracia entonces, puede entenderse como la cosmovisión que organiza a una sociedad, basada en una serie de principios rectores, que crean el marco de la cultura que deben encarnar quienes adquieran la legitimidad de representar a la sociedad para decidir y gestionar las políticas públicas que garanticen dignidad humana.

Ahora bien, puede afirmarse que del grado de dominio que posea un político sobre las expresiones de la cultura de su sociedad, dependerá la forma de democracia que podrá construir desde su liderazgo.

Esas expresiones de la cultura representan los conjuntos de saberes, creencias y pautas de conducta de un grupo social, incluyendo los medios materiales (tecnologías) que emplean sus miembros para comunicarse entre sí y resolver sus diversas necesidades[7].

Las cuatro capacidades actuales de expresión cultural – oralidad, lectura, escritura y electrónica - construyen los cuatro formatos democráticos: la democracia mítica, la democracia teológica, la democracia ideológica y la democracia psicológica. De la capacidad de dominio que tenga el político sobre esas expresiones culturales dependerá el poder que pueda ejercer sobre la sociedad desde esos cuatro formatos de la democracia moderna. Este dominio puede ser aplicado de manera virtuosa para construir relatos que garanticen la dignidad humana, o como veremos, puede emplearse para elaborar perversos relatos que conviertan al dominio de la cultura en dominación cultural, al gobierno en una asociación ilícita y al sistema democrático en una dictadura electa.

Cuando un político domina la expresión oral de la cultura, está en condiciones de construir democracia mítica. Los mitos son relatos basados en la tradición y la leyenda, creados para explicar el universo, el origen del mundo, los fenómenos naturales y todo aquello que no quede contenido en una explicación simple. La mayoría de los mitos están relacionados con una fuerza natural o deidad, pero muchos son simplemente historias y leyendas transmitidas oralmente de generación en generación. Los mitos son discursos, narraciones y expresiones culturales que, habiendo tenido origen sagrado, posteriormente fueron secularizadas e incorporadas como discursos relativos a una cultura, a una época o a una serie de creencias de carácter imaginario[8]. La capacidad del político que construye democracia mítica se basa en el manejo del acto de ritualizar el habla – por ejemplo a través de monólogos transmitidos mediante una cadena nacional de comunicaciones - que le permite instalar íconos significativos para la sociedad mediante una particular versión del relato político que termina siendo asumido por la población y retransmitido en cada conversación o debate.

Cuando el político orienta las lecturas que dan forma a la cultura –un ejemplo de la historia se dio cuando la iglesia ostentaba el control de las bibliotecas y un ejemplo actual son las múltiples formas de un gobierno de censurar o generar autocensura en los medios de comunicación- conforma las condiciones de la democracia teológica. La teología como estudio y conjunto de conocimientos acerca de un Dios, intenta aportar razonamiento a una acción que depende de una creencia[9]. De la capacidad que posea el político para que las creencias referidas a poderes, fuerzas, energías, leyes o verdades que son universales y que trascienden las capacidades humanas confluyan en el relato político que pregona, dependerá que la fe del seguidor logre ser atraída por el carisma del líder. La democracia teológica está basada en la aceptación del relato político inapelable –dogma- sin someterlo al rigor de la consistencia teórica o ética, porque parte de un acto de fe basado en la irracional creencia de las bondades, en la exacerbación del contraste con el diferente y en la construcción del enemigo que encarna el mal y el daño.

Cuando el político domina la expresión escrita de la cultura, construye la democracia ideológica. La ideología es el conjunto de ideas que organizadas y sistematizadas, brindan una interpretación de la realidad [10]. Como la interpretación de la realidad es subjetiva y la estrategia para alcanzar el bienestar no es única, en una democracia ideal conviven diversas ideologías. Pero a partir del dominio de la escritura por parte del mandatario combinada con el ejercicio de poder desde un relato ideologizado por fuera de un marco ético, se generan las condiciones para la plena vigencia de la democracia ideológica, cuya característica principal –bajo el formato de la ausencia ética- pasa por la instauración de una ideología dominante. La construcción e imposición del relato de la ideología dominante, se basa en desacreditar y perseguir al que piensa distinto, imponer el pensamiento único que restringe la libertad de expresión y diseñar políticas de tolerancia cero con el libre albedrío.

Pero a estas tres expresiones de la cultura que desde hace varios siglos moldean las características de los tres formatos de democracia, se le suma desde hace apenas tres décadas una cuarta expresión cultural, la electrónica, que da vida a las nuevas tecnologías en informática y comunicación, que se convierten en la base de la democracia psicológica.

La psicología explora conceptos como la percepción, la atención, la motivación, la emoción, el funcionamiento del cerebro, la inteligencia, la personalidad, las relaciones personales, la conciencia y el inconsciente. Y al mismo tiempo, la psicología social es el estudio científico de cómo los pensamientos, sentimientos y comportamientos de las personas son influenciados por la presencia real, imaginada o implicada de otras personas [11]. El dominio del político sobre la tecnología en informática y comunicación, más el alcance que sea capaz de lograr a partir de las redes sociales, le permitirá influir de manera directa sobre la sociedad a través de la incidencia en el individuo, pues la tecnología electrónica convierte al relato elaborado para la penetración en masa, en mensajes personalizados, sean unidireccionales o interactivos, que impregnan de manera directa en cada habitante de la sociedad. La democracia psicológica le permite al político comprender los patrones de comportamientos de los individuos en los grupos, formatear los roles sociales que desempeñan e incidir en las situaciones que influyen en su conducta cívica, dirigiendo los pensamientos, manipulando los sentimientos y orientando comportamientos.

Si con la televisión se llegó al living de los hogares, con los celulares se invadió la cartera de la dama y el bolsillo del caballero. Si pintando las paredes de la ciudad se comunicó a nivel urbano, desde el muro de Facebook se instalaron los mensajes en la propia identidad de cada individuo. Si las elecciones eran la oportunidad de hablarle a los ciudadanos cada dos años, con el Twitter se comunican mansajes cada dos horas. Así como la electrónica y la informática transformaron los canales de la comunicación, permitiendo vulnerar la intimidad, también los mensajes se reconvirtieron a contenidos personalizados y tonos más intimistas, que ya no apuntan a formar una conciencia social sino a formatear el inconsciente colectivo. La democracia psicológica, entonces, consiste en la capacidad de los políticos de visibilizarse en la percepción del ciudadano, captar su atención, ser centro de su motivación, despertar su emoción, cautivar su inteligencia, formatear su personalidad, indagar sobre sus relaciones personales y lo más importante: deconstruir la conciencia del individuo para construir el inconsciente colectivo. Los políticos, que a lo largo de los años de democracia, resolvieron la manera de llegar al poder desde la urna y el voto a través de la democracia mítica, teológica e ideológica, comienzan a resolver el desafío que les plantea la convivencia con el ordenador y el teclado a través de la democracia psicológica. Y lo hacen refinando su relato donde camuflan la agenda oculta de su cinismo moral y su perversión ética. La ritualización del habla en la democracia mítica convierte al pueblo en masa. El relato inapelable en la democracia teológica transforma al ser racional en creyente. La ideología dominante en la democracia ideológica convierte al crítico en exiliado. El dominio del inconsciente colectivo en la democracia psicológica transforma al ciudadano en elector.

Queda planteado entonces, que el político que domine las cuatro democracias por fuera del marco ético que preserva la dignidad humana, convierte al sistema democrático en un temerario mecanismo donde el ciudadano, en lugar de delegar representatividad, resigna poder.


[1] Bernardo Toro. “El ciudadano y su papel en la construcción de lo social”. Bogotá. 2001.
[2] Idem 1.
[3] Idem 1.
[4] Idem 1.
[5] Idem 1.
[6] Idem 1.
[7] Parte de la definición está tomada de Wikipedia.
[8] Idem 7.
[9] Idem 7.
[10] Idem 7.
[11] Idem 7.

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